Hacia un ‘nuevo’ sistema agroalimentario post COVID

Chema Gil Roig

Dr. en Economía | Director de CREDA

Cuando a finales de 2019 estábamos preparando la planificación de nuestras actividades y los nuevos proyectos para 2020, jamás nos hubiésemos imaginado lo que se nos avecinaba. La crisis sanitaria y económica generada por la COVID-19 ha supuesto cambios importantes en el comportamiento de personas y empresas. Hasta qué punto estos cambios se van a mantener en el futuro es difícil de saber. Probablemente, cuanto más duradera sea esta crisis más permanentes serán estos cambios de comportamiento, pero todavía es pronto para saberlo.

El sector agroalimentario ha sido catalogado como un sector esencial, lo que le ha permitido mantener su actividad, no sin dificultades, tratando de hacer frente a las nuevas necesidades del consumidor y a la incertidumbre sobre el impacto en el sector de la restauración, que supone alrededor de una cuarta parte del gasto en alimentación de las familias. Las urgencias del día a día, quizás, nos han desviado un poco del foco de atención. Éste estaba puesto hasta entonces en los procesos de transformación a los que debía dirigirse el sistema agroalimentario para convertirse en un sistema más sostenible, más justo, más ligado al territorio y a la fotosíntesis y más equitativo, tratando de hacer frente a las necesidades de los sectores más vulnerables de la sociedad.

En todo caso, esperemos que más temprano que tarde esta crisis finalice y retomemos con más energía los retos a los que se enfrentaba, y volverá a enfrentarse, el sistema agroalimentario en un futuro inmediato. Para que esa transformación sea efectiva, es imprescindible dejar de hablar de políticas agrarias y comenzar a hablar de políticas alimentarias, que engloban a las primeras.

La política agraria se ha venido rediseñando con el objetivo fundamental de potenciar una actividad que permitiese asentar una parte importante de la población en el ámbito rural, además de preservar unos ecosistemas que el desarrollo económico había puesto en riesgo. Pero, en realidad, los principales focos de población vulnerable se encuentran en las ciudades, habiendo aumentado de forma significativa (y más en esta crisis) el número de familias que tienen dificultades para satisfacer sus necesidades básicas de nutrición, a pesar de disponer de alimentos suficientes a menos de 50 metros. Por tanto, el enfoque de las políticas públicas no debe estar en la producción de alimentos para mantener unas rentas y unos ecosistemas, que también, sino en cómo podemos garantizar el derecho a la alimentación de una población creciente y concentrada en grandes áreas urbanas.  

Además de orientar más el esfuerzo público hacia políticas alimentarias, quisiera destacar que el proceso de transformación del sistema agroalimentario debería guiarse por tres principios: + coordinación + colaboración + impacto (2C+i). 

El sector agroalimentario está sujeto a una gran volatilidad de rentas y precios debido a las características de su proceso productivo. En primer lugar, se necesita un sector mucho más coordinado verticalmente (no confundir con integración vertical) a través de interprofesionales potentes. Estos deben tener un papel muy diferente al que tienen en la actualidad, y deben ser capaces de ajustar oferta y demanda garantizando precios dignos a los productores, así como alimentos más seguros y sostenibles con precios asequibles a toda la población.

En segundo lugar, para que el sector progrese es fundamental el papel de la I+D+i. Cataluña dispone de investigadores de primera fila en todas las ciencias relacionadas con el sector agroalimentario. Sin embargo, existe un déficit estructural en la innovación. La investigación llega a los artículos científicos, pero no llega de manera fluida y sistemática al sector. Existen numerosos ejemplos de éxito de colaboración, sobre todo con empresas de gran tamaño, pero son, en una gran parte, bilaterales y normalmente unidireccionales, ocupando el sector una actitud pasiva de mero receptor de la transferencia de resultados. Es difícil encontrar ejemplos de colaboraciones entre varias empresas de un sector y varios centros de investigación para afrontar un reto común. El foco debería estar en retos específicos del sector, con colaboración entre empresas y centros (en plural), y con la multidisciplinariedad como denominador común.

Todas las actuaciones anteriores, tanto públicas como privadas, no tienen sentido si no somos capaces de diseñar un sistema de indicadores que nos permitan medir el impacto de cualquier cambio, tecnología o innovación no sólo en el sector, sino en la sociedad. La medición de ese impacto debe ser multidimensional (económico, territorial, de salud, social, político, ambiental …) y debe ir, por tanto, mucho más allá de los tres pilares tradicionales de la sostenibilidad (económico, social, ambiental). 

En tercer lugar, el proceso debe ser participativo, con una implicación de los diferentes agentes de la cadena —desde el diseño mismo de los indicadores—, ya que son quienes, en última instancia, deben tomar decisiones de adopción o no teniendo en cuenta que tendrán que priorizar indicadores y resolver conflictos entre los mismos. Finalmente, la medición del impacto debe ser global, teniendo en cuenta las interrelaciones del sistema alimentario con los recursos que utiliza, fundamentalmente el agua y la energía (nexo alimentación-agua-energía).

Las grandes crisis pueden ser grandes oportunidades, suena a tópico, pero aprovecharlas para (re)pensar nuestro entorno es seguramente la conclusión más inteligente a la que podemos llegar. La pandemia que nos azota es, entre otras muchas cosas, un examen a la capacidad de cambiar en profundidad nuestra visión del mundo, en general, y del sistema agroalimentario, en particular. Coordinación, colaboración e impacto deben convertirse en tres palabras clave, en motores de cambio, para diseñar un sistema de producción de alimentos basado más en valores que en eficiencia, que sea más justo, más inclusivo y más sostenible en todas las dimensiones del término. Tenemos todo lo necesario para iniciar ese cambio, ninguna excusa para no hacerlo y el tiempo apremia.

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